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Pero frente a la inmensidad del Dakar, el hombre, sean cuales
sean los medios a su disposición, sigue siendo el elemento esencial. La
navegación sigue ocupando una posición preponderante y las trampas
del Dakar no perdonan a nadie. La sabana es un juego de pistas y las dunas no
se dejan franquear sin esfuerzo, ni siquiera por los equipos más preparados.
En 1988, un tercio de los participantes quedó atrapado en las dunas de
El Oued. En 1990, fueron decenas los que se perdieron en el desierto libio o
dieron vueltas como leones enjaulados al pie de las inmensas dunas de Mauritania.
De nuevo en 1993, un tercio de los participantes abandona en las dunas de El
Golea, a partir de la segunda etapa y en 1994, la organización se ve obligada
a anular una etapa al renunciar todos los participantes a franquear el triángulo
de dunas blandas de Mauritania.
La magia del Dakar funciona siempre. Los duelos de motos entre Auriol y Neveu
(1987), interrumpido por las fracturas de tobillo del primero, o entre Orioli
y Arcarons (1994), separados por unos segundos en la llegada a Dakar; el vuelo
del Peugeot 405 de Vatanen durante la edición de 1988 contribuyen a mantener
el mito. Carrera mágica pero también trágica: muchos son
los que, como Lalay, Van Loevezijn o Cabanne pagaron con su vida su sed de aventura.
Los paisajes que se pueden contemplar son siempre sublimes pero también
están sembrados de trampas. Stéphane Peterhansel relata: “En
el desierto, la noche siempre es impresionante. No se oye absolutamente nada,
es el vacío absoluto”. En este momento de superación personal,
encuentran su placer tanto los grandes campeones como los anónimos.
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