Gilbert Sabine, el padre de Thierry, toma las riendas de la prueba con ayuda de Patrick Verdoy y René Metge. Logra la perpetuación de la prueba innovando en el trazado (salida de Barcelona y descubrimiento de Libia en 1989, París-El Cabo en 1992) y en la reglamentación (llegada del GPS en 1992). París sale rentable ya que el número de participantes bate un récord en 1988, con motivo de la celebración del segundo aniversario del Dakar: ¡más de 600 equipos en la salida! Gilbert Sabine pasa el testigo en 1994 al grupo Amaury Sport Organisation (propietario del diario deportivo “L’Equipe”) que innova de golpe con la creación de un París-Dakar-París antes de volver, poco después, a un recorrido más tradicional.

En 1987, Peugeot se lanza a la aventura del Dakar tras la expulsión de los vehículos del Grupo B del campeonato del mundo de rallyes. La marca francesa se impone con el 205 y en tres ocasiones posteriores con el 405. Peugeot cuenta con medios nunca vistos hasta entonces y aplasta a la competencia: dos 4X4 todo terreno, tres camiones rápidos 4X4 y siete grandes 6X6 para la asistencia, 40 mecánicos transportados en avión y pilotos sin parangón: Ari Vatanen y Jacky Ickx. Tras el reinado de Peugeot, Citroën, Mitsubishi y Lada tomarán esta organización como modelo y pondrán a punto auténticos bólidos con chasis tubular capaces de sobrepasar los 200 km/h. En esta “carrera de armamento”, se va abriendo una brecha cada vez mayor entre profesionales y aficionados. Pilotos privados que a menudo transportan ellos mismos sus piezas de recambio y se ponen “manos a la grasa” a su llegada tardía al vivaque.
Pero frente a la inmensidad del Dakar, el hombre, sean cuales sean los medios a su disposición, sigue siendo el elemento esencial. La navegación sigue ocupando una posición preponderante y las trampas del Dakar no perdonan a nadie. La sabana es un juego de pistas y las dunas no se dejan franquear sin esfuerzo, ni siquiera por los equipos más preparados. En 1988, un tercio de los participantes quedó atrapado en las dunas de El Oued. En 1990, fueron decenas los que se perdieron en el desierto libio o dieron vueltas como leones enjaulados al pie de las inmensas dunas de Mauritania. De nuevo en 1993, un tercio de los participantes abandona en las dunas de El Golea, a partir de la segunda etapa y en 1994, la organización se ve obligada a anular una etapa al renunciar todos los participantes a franquear el triángulo de dunas blandas de Mauritania.

La magia del Dakar funciona siempre. Los duelos de motos entre Auriol y Neveu (1987), interrumpido por las fracturas de tobillo del primero, o entre Orioli y Arcarons (1994), separados por unos segundos en la llegada a Dakar; el vuelo del Peugeot 405 de Vatanen durante la edición de 1988 contribuyen a mantener el mito. Carrera mágica pero también trágica: muchos son los que, como Lalay, Van Loevezijn o Cabanne pagaron con su vida su sed de aventura. Los paisajes que se pueden contemplar son siempre sublimes pero también están sembrados de trampas. Stéphane Peterhansel relata: “En el desierto, la noche siempre es impresionante. No se oye absolutamente nada, es el vacío absoluto”. En este momento de superación personal, encuentran su placer tanto los grandes campeones como los anónimos.
Los años 80
La segunda mitad de los años 90