Yamaha y BMW en motos, Lada, Mercedes y Range Rover en automóviles dieron el primer impulso al comprometerse desde las primeras ediciones. El reconocimiento de la prueba deportiva por las instancias internacionales le confiere una credibilidad deportiva que algunos consideraban insuficiente hasta entonces. En 1984 y 1986, un Porsche se alza con la victoria y en 1985, se impone el primer prototipo Mitsubishi.
Thierry Sabine y su equipo organizador se adaptan a este auge inesperado y ponen en marcha un dispositivo de logística mucho más importante para que la seguridad de los participantes esté garantizada y los resultados deportivos sean irrefutables. Con el paso de las ediciones, los equipos oficiales afilan sus armas y se dotan de medios considerables para inscribir su nombre en el palmarés de una prueba tan emblemática. No obstante, Thierry Sabine vela para que esta escalada financiera y tecnológica no desnaturalice su carrera. “Era necesario que este el año el hombre volviera a ocupar su lugar, es decir, por delante de la máquina, que las cualidades humanas prevaleciesen sobre la mecánica de su motor o los recursos económicos del equipo”, señalaba al inicio de la edición de 1985.
Las trampas del Dakar equilibran la balanza. Las trampas son las mismas para todos. Mezcla de géneros únicos, el Dakar impone el mismo itinerario para automóviles, motos y camiones. Ante la tormenta de arena del Ténéré, que mantuvo cautivos a 40 participantes en el desierto durante una noche en 1983, el cansancio, las caídas, las averías mecánicas, todos están unidos por un mismo destino. Todo se puede decidir en un solo segundo. “La pista es como el mar, hay que temerla y, si no, malo”, explica Michel Merel. “Yo le temo a la pista, no juego con ella, no hay que hacerse el artista”. Esta anécdota de Fenouil, que explicaba una caída en plena línea recta al quedarse dormido sobre el manillar de su moto mientras circulaba a toda velocidad, también dio la vuelta al mundo.
El Dakar es una historia de hombres, de caracteres. No renunciar jamás, encontrar una dosis extra de coraje para encontrar la fuerza para seguir en la carrera: ésta es la única receta para el éxito en el Dakar, última aventura moderna todavía al alcance de los aficionados, económicamente hablando. El gran público y los medios se sienten fascinados por esta sucesión de proezas y estas primeras imágenes de salidas en línea por la inmensidad del Ténéré.
Las estrellas del deporte, de la televisión, del cine o de la canción se sienten atraídas por esta aventura fuera de lo común. Claude Brasseur (copiloto de Jacky Ickx), el hijo de Margaret Thatcher o Daniel Balavoine acuden al Dakar a vivir historias fascinantes de las que han oído hablar en la televisión desde hace años. Y estas estrellas se convierten en hombres como los demás, minúsculos frente a la inmensidad del desierto. “Somos un pequeño grano de arena, aquí encontramos toda la humildad del hombre, no hay estrellas”, declara Michel Hidalgo.
Sin embargo, el 14 de enero de 1986, la magia se interrumpe de manera brutal. Thierry Sabine muere en un accidente de helicóptero. Privada de su guía, la prueba ya no volverá a ser la misma de antes.
La finales de los años 70
La primera mitad de los años 90